viernes 29 de mayo, 2020

Detrás del virus

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Humberto Vacaflor Ganam

El recuento de los muertos en el mundo se ha convertido en un ejercicio, por supuesto, macabro. Es como mirar el fin del mundo desde dentro de casa con el temor de que llegue un enemigo que ni siquiera se lo puede ver.
La cuarentena mundial, que no la cumplen algunos loquitos como el mexicano Manuel López, permite pensar mirando en las aguas profundas de este momento. El ejercicio es muy interesante. Habría que conocerlo porque quizá cuando se haya convertido en libros, ya no estén a nuestro alcance.
El francés Pascal Cotte, del grupo Boston, observa que este accidente mundial viene a dar vigor a los Estados, que estaban humillados, ninguneados, postergados, por el empuje de la globalización, de las transnacionales que querían borrar las fronteras. 
De pronto, gracias a un virus que el ojo humano no puede ver, pero puede ser la puerta de entrada a nuestro cuerpo, el Estado es dueño de la situación. Ha decidido cerrar fronteras, fijar días y horarios de trabajo, decidir qué se ha de producir y qué se ha de transportar…
Del otro lado está, por supuesto, Donald Trump, quien ha dicho que la parálisis económica podría matar más gente que el coronavirus. Él apuesta por la economía y su poder de recuperación. Su interés está más concentrado en la salud de la bolsa de Nueva York que en los habitantes de la ciudad que es la más afectada en Estados Unidos. Los sobrevivientes tendrán un país vigoroso y no uno que haya sido paralizado, con sus músculos entumecidos, sus articulaciones lastimadas, quizá con trombosis en las piernas.
Cuando se haya ordenado volver a trabajar será como un dique que se rompe y que deja pasar un torrente acumulado, bloqueado por estas medidas de prevención contra el virus. Lindo ejercicio para los estudiosos de la economía, mirar cómo las fuerzas de la producción y del comercio se liberan y van cubriendo los espacios que ocupaban, aunque quizá con algunos ajustes aprendidos durante la parálisis.
Y hay quienes miran el tema desde la política. Predicen que quizá éste virus marque el fin de un imperio, el norteamericano, que pasaría a la historia como le ocurrió al británico en 1956, con la crisis de Suez.
El imperio chino, que durante milenios estuvo cerrado en sus fronteras, es el que desafía. Para comenzar, Xi Jimping niega que e virus sea chino y sostiene que fue plantado en la China, en la ciudad Wuhan en octubre, cuando una gigantesca delegación norteamericana llegó para participar en los juegos deportivos militares.
Y ahora, con la virus haciendo desastres en Nueva York, los chinos esperan. Por el momento, se dedican a producir 95% de los antibióticos que usan los norteamericanos.

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