Alguien del gobierno tenía que decírselo a la empresa Jindal: debe irse del país.

Se lo dijo la semana pasada el ministro de Hidrocarburos, José Luís Gutiérrez, al proponer al gobierno que la empresa hindú sea expulsada por no haber cumplido los compromisos de explotación del Mutún.

Queda así muy claro que fue un error firmar el contrato con la Jindal hace cuatro años y medio, ofreciéndole la energía eléctrica y el gas necesarios para la siderurgia.

Un país donde hay cortes de energía eléctrica por un grave déficit, el mismo país que no puede cubrir compromisos de exportación de gas ni atender el mercado interno, no debió firmar el acuerdo con la empresa hindú.

Nadie había pronunciado hasta ahora las palabras del ministro Gutiérrez porque nadie quería admitir que Bolivia no puede cumplir el compromiso con la empresa.

Lo único que se podría observar es que Gutiérrez no era el más indicado para hablar de esto, sino su colega de Minería, José Pimentel.

Pimentel debía haber dicho que por falta de gas y electricidad, el contrato no puede concretarse. No hubiera necesitado culpar al Ministerio de Hidrocarburos y Energía, porque es el responsable de la energía.

El problema es que las palabras de Gutiérrez vienen a explicar por qué la semana pasada la revista Forbes puso a Bolivia entre los últimos países apropiados para recibir inversiones.

Si una empresa ha firmado un contrato y no lo puede cumplir porque sencillamente no tiene los medios para hacerlo (también hay déficit en el sistema de transporte), y el país la expulsa, está claro que otros inversores no van a llegar a ese país.

Jindal quedará como la empresa que comprobó el grave déficit de energía que vive Bolivia.

 

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