Lo que acabamos de ver los bolivianos fue una partida que enfrentó a dos maestros del ajedrez político, dos grandes maestros.

Desde el comienzo se podía observar que Adolfo sabía mover muy bien sus peones y Evo estaba demasiado confiado en sus torres.

La partida duró 66 días. El desenlace mostró a Adolfo muy frío, sobre todo cuando Evo decidió, para sorpresa de todos, mover el rey sin hacer un enroque, cuando partió a Cochabamba. Craso error. Adolfo ocupó la casilla abandonada por su rival y le hizo jaque mate.

A partir del momento en que Evo dejó la plaza Murillo la partida estaba definida. Sólo faltaba que Evo admitiera su derrota y derrumbara la pieza del rey, lo que hizo al final de muy mala gana y tratando de mostrar que el golpe no le había dolido.

Una de las jugadas más inteligentes de Adolfo fue demorar la marcha y, sobre todo, hacer que no llegara a la sede de gobierno antes del 16 de octubre.

Las jugadas finales fueron tensas. Decir que la marcha iba a la plaza San Francisco y, de pronto, encaminarla a la plaza Murillo, fue una táctica digna de un maestro internacional. Lo hizo cuando se enteró de que su rival había cedido la plaza principal. Tenía que dar la estocada final. Y lo hizo con elegancia. Como un gran matador.

Visto así, como una partida de ajedrez, este episodio es menos dramático que el verdadero drama.

Lo curioso fue observar, en el día de la ocupación de la casilla del rey, cómo largos brazos estaban sobre el tablero.

Se sabía que una poderosa transnacional miraba la partida con mucha atención, porque le interesaba que quedaran habilitados para la provisión de la materia prima de uno de sus productos estrella un lindo parque nacional. Del otro lado, un largo brazo movió una pieza final, que fue magistral: tropas de la FELCN se enfrentaron a narcotraficantes en el propio parque de la discordia.

Era el detalle que faltaba para que el público entendiera de qué se trataba todo esto. Es una transnacional que ambiciona avanzar pero que es resistida por lugareños, con aliados extranjeros.

Lo triste es observar a un presidente lleno de soberbia admitiendo su derrota a regañadientes y repitiendo una conocida frase: “Yo salvo mi responsabilidad”.

La había pronunciado el 31 de diciembre cuando revirtió el gasolinazo y dijo que la crisis económica era insostenible. Quiso decir que la medida era necesaria para la economía del país y que si no se la aplicaba era peligroso, pero que él salvaba su responsabilidad. Todavía no le han explicado que él no puede “salvar su responsabilidad” de nada de lo que ocurra en el país mientras sea presidente.

Tampoco le han explicado una gran confusión: Cree que como los bolivianos votaron por él cuando era candidato, era porque querían que siguiera siendo candidato. Y se ve que los bolivianos se han cansado de un candidato que no hace otra cosa desde hace seis años.

La partida ha terminado.

 

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